La escena es simple, cotidiana. Estoy sentado en la entrada de un colegio, esperando a una sostenedora, cuando presencio una escena que no necesita nombres ni ubicaciones para incomodar. Un niño, acompañado de su madre, llega con cinco minutos de retraso. Nada fuera de lo común. Se sientan. Comparten una sopaipilla con queso como desayuno improvisado. El niño no entra. Lo curioso es que no es que no pueda… es que no quiere.
Durante 68 minutos exactos, este estudiante protagoniza una tragicomedia con dos intentos de fuga, un par de amenazas con tijeras hacia su madre, varios insultos, y una docente que — con paciencia digna de premio Nobel de la Paz — le suplica cinco veces si quiere "entrar ahora sí a la sala". El gran desenlace ocurre cuando finalmente accede a ingresar gracias a un soborno: bebida y galletas.
Y ahí está la clave: el sistema no actúa. Está quebrado. Destruido. Abandonado.
Las escuelas ya no educan. A duras penas contienen. Porque la disciplina murió hace rato, sepultada entre leyes bienintencionadas y normativas que, bajo la bandera de los "derechos esenciales", olvidaron el pilar estructural del respeto y los deberes.
Desde la vuelta a la democracia, cada década fue dejando su marca en la legislación educativa. Promesas grandilocuentes, palabras hermosas, titulares de prensa… pero en la práctica, cada ley fue una puñalada más a la columna vertebral del sistema educativo.
La Ley N° 19.070 (Estatuto Docente, 1991): Nació para "dignificar la carrera docente". Lo que hizo fue transformar al profesor en un funcionario atrapado en una maraña administrativa y gremial. Le quitó el rol de autoridad pedagógica en el aula.
La Ley N° 20.370 (Ley General de Educación, 2009): En la práctica, calidad significó llenar planillas y crear organismos que fiscalizan desde una oficina. La LGE eliminó cualquier noción clara de disciplina o responsabilidad estudiantil.
La Ley N° 21.430 (Ley de Garantías de la Niñez, 2022): La joya de la corona. Garantiza todos los derechos imaginables para niños, niñas y adolescentes. Excepto el deber de comportarse.
Resultado: Un sistema que se llena la boca hablando de derechos, pero que en la práctica ha despojado a las escuelas de cualquier herramienta real para formar. Niños que no saludan, que no respetan, que escupen y golpean, y todo se justifica con un "hay que comprenderlos".
No se trata de volver a la letra con sangre, ni al castigo como enseñanza. Eso también nos dejó generaciones rotas. Pero ¿cuándo vamos a hablar con seriedad del equilibrio? ¿Del respeto mutuo? ¿De la autoridad sin violencia? ¿De enseñar que los derechos sólo tienen sentido cuando se entienden junto a los deberes?
La escuela sigue siendo el espejo más honesto — y más brutal — de la sociedad que construimos. Lo que vi ese día no es una anécdota. Es un síntoma. Un síntoma claro de que confundimos libertad con desidia, empatía con rendición, y protección con parálisis institucional.