Chile no está regulando el celular. Está regulando su propio atraso mientras el mundo avanza con inteligencia artificial
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Chile no está regulando el celular. Está regulando su propio atraso mientras el mundo avanza con inteligencia artificial

Chile acaba de tomar una decisión histórica, pero no por su visión de vanguardia, sino por su absoluta incapacidad de comprender el presente. Mientras el mundo se reorganiza en torno a la Inteligencia Artificial y las economías desarrolladas rediseñan sus sistemas para que los estudiantes aprendan a colaborar con algoritmos, Chile ha optado por el camino opuesto: prohibir el celular en las salas de clases. No se trata de integrar, ni de formar criterio, sino simplemente de vetar.

Esta medida trasciende lo educativo; es una manifestación de miedo. Prohibir una herramienta no es un acto pedagógico, es un acto de rendición. Es el equivalente a apagar el tablero de instrumentos de un avión porque el piloto no sabe interpretarlos: el avión no deja de volar, simplemente deja de ser controlado. Se argumenta que el celular distrae, y es cierto; pero también distraen las ventanas, el aburrimiento y un sistema diseñado hace un siglo para producir obediencia en lugar de pensamiento crítico.

Aunque la ley intente matizar la prohibición permitiendo el uso con "fines pedagógicos", la realidad en el aula será otra. La ambigüedad se traducirá en un veto total por temor, burocracia y simple supervivencia administrativa. Ningún director asumirá el riesgo y ningún docente querrá exponerse a una sanción por una interpretación subjetiva de la norma. Ante la duda, la orden será: "guárdelo".

Es aquí donde el chiste se cuenta solo y la contradicción se vuelve grotesca:

La digitalización obligatoria: Durante años, el sistema forzó a los docentes a digitalizarlo todo: asistencia, planificaciones, evidencias y evaluaciones en plataformas en la nube.

La precariedad material: En muchas escuelas, el computador de la sala no funciona, no tiene internet o simplemente no existe. El teléfono del profesor era, en la práctica, el único terminal operativo para cumplir con las exigencias del propio Ministerio.

El absurdo administrativo: Ahora, el mismo sistema que exige gestión digital prohíbe el único dispositivo que permitía realizarla en tiempo real.

¿Dónde queda el docente que pasaba asistencia en el libro digital desde su móvil porque es el único equipo que conecta? ¿Dónde queda la escuela donde el único acceso inmediato a contenido actualizado era el dispositivo del profesor? Hemos llegado al paroxismo de la incoherencia estatal: le exigimos al docente que nade y, al mismo tiempo, decidimos vaciar la piscina.

Es aquí donde aparecen los expertos citando estudios sobre la dopamina y el daño de las pantallas en el cerebro infantil. Tienen razón: la sobreexposición es nociva. Sin embargo, hay una pregunta incómoda que pocos se atreven a responder: ¿quién entrega el celular? No es el colegio, sino los padres. Las familias ponen en manos de un niño un dispositivo diseñado para adultos y luego delegan en la escuela la responsabilidad de controlar sus efectos.

El celular no es el enemigo de la educación; es la herramienta de acceso al conocimiento más poderosa de la historia. En este dispositivo reside más información de la que cualquier biblioteca puede ofrecer hace veinte años. Prohibirlo no elimina su existencia, sólo anula la posibilidad de aprender a usarlo correctamente.

La contradicción roza el absurdo cuando la prohibición se extiende a los docentes. Cabe preguntarse cómo un profesor de la periferia — lejos de los recursos del sector oriente — logrará cautivar a estudiantes cuya única referencia de éxito es la gratificación instantánea de las redes sociales. Para muchos docentes, el teléfono es su última trinchera: es la herramienta para lanzar un Kahoot, mostrar un video que conecte la ciencia con la realidad o romper la inercia de la desconexión.

Mientras países como Estonia, Singapur o el Reino Unido integran la IA en el proceso educativo, Chile se atrapa en una lógica que confunde control con educación. Es la diferencia entre enseñar a nadar y prohibir el agua. El mundo al que estos jóvenes se enfrentarán no tendrá menos tecnología, sino exponencialmente más.

Lo verdaderamente inquietante es la señal que enviamos: cuando algo nos supera, la solución no es entenderlo, sino eliminarlo. Durante años se invirtió en infraestructura y se exigió a los profesores certificarse en competencias digitales del siglo XXI. Hoy, ese discurso se convierte en un chiste de mal gusto.

Es probable que hoy muchos aplaudan. Celebrarán el orden, el silencio y la ausencia de pantallas visibles. Las salas estarán más calladas, pero habremos creado un forado invisible: el casco del barco se está oxidando bajo el agua mientras celebramos que la cubierta está seca.

En una década, cuando estos jóvenes enfrenten un mercado laboral donde la IA sea el estándar mínimo, recordaremos este momento. Mientras otros países forman creadores, nosotros estaremos formando ciudadanos obedientes a prohibiciones, tranquilos en un pasado que el resto del mundo ya dejó atrás. Porque el futuro no se construye prohibiendo herramientas, se construye aprendiendo a dominarlas. Y hoy, Chile decidió hacer exactamente lo contrario.

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