Vacaciones de invierno, regreso a clases… ¿y el sistema colapsado sigue igual o peor?
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Vacaciones de invierno, regreso a clases… ¿y el sistema colapsado sigue igual o peor?

Volvimos. Con esa fe casi religiosa de que el receso invernal iba a hacer magia: que las mantas, el chocolate caliente y dos semanas de pausa serían suficientes para recomponer lo irrecomponible. Pero no. Ni la nieve, ni el Netflix lograron anestesiar lo que ya era evidente antes de salir: el sistema escolar chileno está gritando auxilio… o ya se quebró del todo, y nosotros seguimos mirando para el lado, como si nada.

Regresamos a clases y el escenario no solo seguía igual de tóxico, sino más violento, más saturado, más desesperanzado. Los conflictos no tomaron vacaciones; se multiplicaron. Los síntomas de crisis mental, tanto en estudiantes como en docentes, ya no son señales de alerta: son alarmas a todo volumen que nadie quiere escuchar.

Sí, volvimos a clases con estudiantes apuñalados en los pasillos, balaceras en patios escolares, amenazas a docentes y autoridades celebrando que… ahora sí que sí, ¡habrá detectores de metales!

La Comisión de Seguridad de la Cámara ya aprobó el proyecto que permite instalar estos arcos de aeropuerto en los colegios. Porque claro, si hay violencia estructural, la solución lógica es instalar fierros. Como si el problema fuera que no detectamos las armas, y no que los estudiantes las están llevando por miedo, presión o desesperación.

Durante las vacaciones, muchos docentes no descansaron. Porque hay que planificar, rellenar papeles para la Agencia, cargar plataformas y preparar actividades "socioemocionales" sin tener una formación real sobre el tema.

El Colegio de Profesores lo ha dicho con claridad: estamos frente a una sobrecarga estructural, salarios estancados, falta de apoyo psicosocial, y una cultura laboral que romantiza el sacrificio, como si ser mártir fuera parte del contrato.

Un estudio de Educación 2020 ya advertía que más del 62% de los docentes declaraba estar en niveles severos de agotamiento emocional. Y este año no ha mejorado. Al contrario: el ausentismo docente ha aumentado en un 18% en comparación al mismo periodo de 2024.

Mientras se aprueban proyectos para instalar fierros en las entradas de los colegios, la salud mental de nuestros estudiantes sigue en caída libre. El 46% de los jóvenes presenta síntomas de ansiedad grave, el 31% señales de depresión, y un 8% ha manifestado ideación suicida en el último trimestre.

Seguimos sin profesionales permanentes en cada colegio, con protocolos que son la copia del protocolo anterior, que a su vez se inspiró en un manual de buenas intenciones del 2014.

Fingir que todo marcha bien solo porque volvimos de vacaciones es tan absurdo como tapar una fuga de gas con cinta adhesiva y esperar que nadie encienda un fósforo.

Si no enfrentamos de raíz la crisis de violencia, el colapso emocional de estudiantes y docentes, y la desconexión brutal entre la escuela y su territorio, la próxima crisis no se solucionará ni con más arcos metálicos, ni con más paros, ni con más titulares.

Hay que invertir en salud mental. Hay que formar equipos con sentido. Hay que cuidar a quienes educan. Y hay que dejar de creer que la solución pasa por simulacros de autoridad o frases de campaña.

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